Balnearios históricos: Cuando el agua era sólo la excusa para el ocio y la alta sociedad
La práctica del termalismo moderno nació bajo una concepción higienista que buscaba en la naturaleza el antídoto a los efectos nocivos de la vida urbana.
Sin embargo, lo que comenzó como una búsqueda de regeneración física y calma espiritual pronto se transformó en algo mucho más complejo. A finales del siglo XIX, los balnearios españoles dejaron de ser meros centros médicos para convertirse en auténticos escenarios de la vida social, donde la burguesía recreaba una versión idealizada de la ciudad a pequeña escala.
En estos enclaves, la temporada de verano era una prolongación de la vida urbana: se concertaban matrimonios, se tejían alianzas políticas, se hacían negocios y, sobre todo, se demostraba el éxito social.
El auge de los Grandes Hoteles y el turismo social
La aparición de una nueva clientela no necesariamente enferma, el “turista” como tipo social, exigió una transformación en la oferta de los balnearios. Este fenómeno impulsó la construcción de los Grandes Hoteles, que introdujeron mejoras significativas en confort y alojamiento.
Pero el alojamiento no era suficiente. Esta nueva demanda requería entretenimiento. Los balnearios debían competir por atraer a la élite, lo que llevó a una expansión masiva de la infraestructura de ocio. De esta manera, surgieron casinos, teatros, salas de baile y espacios para la práctica de los nuevos deportes de moda importados de Europa central.
El Casino: Corazón de la vida balnearia
El casino se convirtió en el complemento indispensable del balneario, pasando de ser un espacio de juego a ser el centro neurálgico de la sociabilidad informal. Era el lugar de encuentro, discusión e intercambio de ideas.
Inicialmente, estas actividades se realizaban en salones anexos a los hoteles, pero pronto se construyeron edificios independientes con arquitecturas singulares y decoraciones lujosas.
Un ejemplo paradigmático es el Casino de Caldas de Oviedo (1896), obra del arquitecto José Miguel de la Guardia, cuyo Salón de los Espejos cuenta con pinturas alegóricas de Manuel Arboleya restauradas recientemente.
En el Balneario de La Toja, el Gran Hotel Casino albergaba obras de arte de renombrados pintores como Ramón Pulido y Demetrio Monteserín, convirtiendo los salones de juego y baile en auténticos museos.

Juegos lícitos e ilícitos
Es importante señalar la distinción legal de la época. Se consideraban juegos lícitos aquellos destinados al solaz y entretenimiento (como cartas o dados sin gran apuesta), mientras que los juegos ilícitos eran los de pura suerte y envite.
Aunque la ley era restrictiva, en la privacidad de los balnearios de La Toja, Archena o Panticosa se organizaban sesiones de ruleta, bacarrá y póker, a menudo amparadas por una cierta permisividad de las autoridades y la lejanía de las grandes ciudades.
Teatros, salones de baile y cultura
Los balnearios fueron pioneros en la descentralización cultural. Mientras en las ciudades el acceso a la cultura era limitado, en las villas termales florecieron los teatros integrados en los complejos hoteleros.
El Teatro del Balneario de Mondariz (inaugurado en 1898 por el arquitecto Genaro de la Fuente) o el Teatro-Casino de Archena son ejemplos de arquitectura ecléctica donde se celebraban conciertos, representaciones de zarzuela y verbenas.
A menudo, la propia colonia veraniega organizaba las funciones, celebrando el final de la temporada con grandes fiestas. Más tarde, estos espacios se adaptarían para albergar las primeras proyecciones cinematográficas.
La importación de los “sports” y la vida al aire libre
La influencia centroeuropea también trajo consigo la práctica deportiva.
Los jardines y parques de los balnearios se convirtieron en el escenario ideal para la importación de “sports” que hoy son universales, pero que entonces eran sinónimo de modernidad y estatus.
- Tenis y Croquet: Balnearios como La Toja, Vichy Catalán y Busot dispusieron de pistas perfectamente acondicionadas a principios del siglo XX.
- Patinaje y Natación: Se convirtieron en práctica habitual en los mejores hoteles.
- Remo y Excursiones: En estaciones de montaña como Panticosa o Boí, los médicos prescribían paseos románticos a pie o en barca, y excursiones a caballo por paisajes singulares, herederas de la visión romántica del siglo XIX.
El declive del modelo y el auge de la costa
El paradigma higienista de la “Villa Balnearia” entró en crisis en el primer tercio del siglo XX, impulsado por los avances de la medicina y la farmacopea, pero sobre todo por el cambio en los hábitos turísticos.
El rey Alfonso XIII fijó su residencia veraniega en Santander en 1906, consolidando el turismo costero. La playa se convirtió en el nuevo centro de atracción, impulsada por el ferrocarril y el automóvil, y aparecieron las primeras piscinas en los balnearios costeros.
Así, el modelo de ocio balneario evolucionó, dando paso al “culto al sol” que definiría el turismo posterior.
En definitiva, la historia de los balnearios españoles de los siglos XIX y XX no es sólo la historia de la medicina hidrológica, sino la crónica de cómo la sociedad de la época entendía el ocio y el prestigio.
Estos complejos, con sus casinos, teatros y canchas de tenis, fueron los verdaderos precursores de los modernos resorts de lujo.
Hoy en día, conservar estas arquitecturas y sus decoraciones artísticas es esencial para mantener viva la memoria de una época dorada donde el bienestar se concebía como la perfecta unión entre salud, cultura y relaciones sociales.
Fuente: Ocio y distracción. Casinos y teatros, excursiones y deportes, Josep Sánchez Ferré para Tribuna Termal Número 30 Otoño 2013.
