Agua envasada: Tipos, propiedades y secretos de la mineralización
El deseo de llevar a casa los beneficios curativos de las aguas termales fue el origen de la costumbre de envasar agua.
Lo que comenzó como una forma de prolongar los efectos de “tomar las aguas” en los balnearios se ha convertido hoy en una necesidad global, convirtiendo el agua embotellada en un alimento básico en nuestra sociedad.
Sin embargo, no todas las aguas son iguales. Entender sus diferencias, su origen y su composición es fundamental para elegir la que mejor se adapte a nuestras necesidades fisiológicas.
Tipos de aguas envasadas: ¿Qué estamos bebiendo?
Cuando vamos al supermercado o a una farmacia, nos encontramos principalmente con tres tipos de agua, que se diferencian por su origen y tratamiento:
- Agua mineral tatural: Es agua subterránea bacteriológicamente sana y de composición química constante. Su mayor virtud es la pureza natural, garantizada por un perímetro de protección que salvaguarda el acuífero de cualquier contaminación. Se envasa tal cual brota del manantial, sin tratamientos químicos de desinfección que alteren su composición original.
- Agua de manantial: También es de origen subterráneo y posee características de pureza que permiten su consumo directo. Se diferencia de la mineral natural principalmente en que su composición puede no ser tan estable en el tiempo o no contar con la misma protección legal estricta.
- Agua preparada: Es agua sometida a tratamientos físico-químicos para hacerla apta para el consumo humano. Generalmente procede de la red de abastecimiento público (aguas superficiales) y se desinfecta para garantizar su seguridad.
El agua mineral natural se considera un alimento natural muy diferente al agua de grifo.
Mientras esta última suele ser una mezcla de fuentes diversas que requiere tratamiento químico, el agua mineral llega al consumidor tal y como la creó la naturaleza, preservando sus sales minerales originales.
El proceso de mineralización: La huella de la tierra
Las características del agua mineral dependen de su viaje subterráneo.
Tres factores clave determinan su composición final:
- Tipo de roca: El agua se disuelve las sales minerales de las rocas por las que circula (caliza, granito, arcillas), cargándose de calcio, magnesio, sodio u otros elementos.
- Tiempo de permanencia: El agua puede tardar desde unos pocos días hasta miles de años en circular por el subsuelo. Regla general: a mayor contacto con la roca y mayor profundidad, mayor mineralización.
- Temperatura del acuífero: A mayor profundidad, mayor temperatura, lo que facilita la disolución de minerales.
Científicamente, podemos determinar la “edad” del agua mediante isótopos radiactivos.
Por ejemplo, la presencia de tritio indica aguas modernas (renovadas tras los años 50), mientras que el carbono 14 se utiliza para datar aguas fósiles que han permanecido bajo tierra durante milenios, una técnica fundamental en hidrología.
Clasificación según su residuo seco
Una de las clasificaciones más comunes se basa en la cantidad de sales minerales (residuo seco) que queda tras evaporar el agua:
- De mineralización muy débil (menos de 50 mg/l): Son muy ligeras. Ideales para la preparación de alimentos infantiles y para personas que necesitan una dieta baja en minerales o padecen cálculos renales.
- De mineralización débil (hasta 500 mg/l): Aguas ligeras, aptas para el consumo diario de cualquier persona.
- De mineralización media (entre 500 y 1.500 mg/l): Ofrecen un aporte equilibrado de minerales. En las etiquetas a menudo se denomina “mineralización media”.
- Fuerte (más de 1.500 mg/l): Son aguas con un alto contenido en sales.
Nota: Existen aguas “minero-industriales” por su altísima mineralización, que no son aptas para el consumo humano, y aguas “mineromedicinales”, que por sus propiedades terapéuticas se venden en farmacias bajo prescripción facultativa.
Beneficios según su mineral predominante
La legislación europea y española establece nombres específicos para el agua mineral envasada según el elemento predominante, lo que nos indica sus beneficios directos para la salud:
- Bicarbonatadas (más de 600 mg/l): Facilitan la digestión y neutralizan la acidez de estómago. Son excelentes después de comidas copiosas.
- Cálcicas (más de 150 mg/l): Contribuyen a la mineralización de huesos y dientes. Están recomendadas para embarazadas, niños en crecimiento, ancianos y en la prevención de la osteoporosis.
- Magnésicas (más de 50 mg/l): Ayudan al metabolismo óseo y son ligeramente laxantes. Son muy útiles para combatir el estrés y el cansancio físico.
- De baja en sodio (menos de 20 mg/l): Beneficiosas para personas con alteraciones renales, hipertensión o retención de líquidos, así como para quienes siguen dietas pobres en sal.
- Fluoradas (más de 1 mg/l): Ayudan a combatir las caries dentales. No se recomiendan de forma continua para los niños durante periodos largos de formación de la dentadura.
- Ferruginosas (más de 1 mg/l): Contienen hierro.
- Carbónicas (más de 250 mg/l): Contienen anhídrido carbónico (puede ser natural o añadido). Estimulan el apetito y facilitan la digestión.
Elegir una agua mineral natural va más allá de saciar la sed; es una oportunidad de nutrir nuestro cuerpo con minerales esenciales que a menudo escasean en nuestra dieta diaria.
Desde las aguas muy débiles, ideales para los riñones, hasta las cálcicas y magnésicas que protegen nuestros huesos y calman nuestros nervios, cada botella ofrece un perfil de salud específico.
Al optar por agua mineral envasada a pie de manantial, no sólo nos hidratamos, sino que nos beneficiamos de un producto puro, estable y químicamente equilibrado por la propia naturaleza, un legado geológico que bebemos directamente de la tierra.
Fuente:
- Agua envasada, Luis García Torrens para Tribuna Termal Número 34, 2015.
- Asociación Española de Hidrogeólogos
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